PERSONA 1: Te veo un poco meditabundo… ¿qué haces?
PERSONA 2: Ya ves.. aquí, pensando en el sentido de la vida, meditando en mis cosas.
PERSONA 1:¿Quieres que te cuente una historia que me contó hace mucho, mucho tiempo un hombre muy sabio? Quizá te ayude en tus meditaciones…
PERSONA 2: ¿Pero tú sabes contar historias?
PERSONA 1: Que sí, de verdad… escucha y verás..
Érase una vez un árbol que vivía de puntillas sobre el suelo.
Este árbol ponía una sonrisa en primavera, cuando brotaba, y una esperanza callada en otoño, cuando se quedaba desnudo.
Un invierno llegó el encargado de la finca y muy serio decidió cortarlo.
El árbol vio cómo le apartaban de aquel trozo de tierra reseca. Era un árbol fuerte y valiente que resistió hasta en su misma muerte. Y es que él sabía bien qué significa aguantar el azote de la arena que lleva el viento y el soplo helado de la noche que congela hasta la savia…
Cuando lo cortaron no dejó escapar ni una sola queja, tan sólo derramó dos lágrimas. Nadie se dio cuenta de que el árbol lloraba,
PERSONA 2 : Espera, espera… ¿un árbol llorando? ¿pero me ves cara de tonto?
PERSONA 1: ¡Ay! Pero qué poco poético eres, desde luego… ¡sus lágrimas tenían forma de frutos, que al caer en la tierra derramaban su semilla!.
PERSONA 2: Vale, vale,.. eso ya tiene más sentido…
Con el paso del tiempo de aquellas lágrimas crecieron dos árboles muy fuertes. Un buen día, el dueño de la finca observó que donde había talado aquel viejo tronco, había ahora dos árboles jóvenes. Quedó asombrados porque nunca habían visto crecer tanta vida en aquel suelo reseco. Se acercó a ellos para talarlos. Los dos grandes árboles cayeron, pero antes de morir derramaron sus frutos como lo había hecho su predecesor.
PERSONA 2: A ver, espera un poco.. ¿pero por qué tenía que llevarse esos árboles!¿eh? Menuda perra que tenía ése señor con talar carboles? ¿porqué los talaba? ¿no podía dejarlos ahí? Pobres árboles… si no hacían nada malo a nadie…
PERSONA 1: Ay…. ¡pero mira que eres obtuso! Qué poca confianza… el dueño de la finca se llevaba esos árboles para convertirlos en fuertes vigas y tablones con las que construir su casa. ¿sabes? Aunque al principio los árboles no lo entendían muy bien y lloraban, luego estaban felices de ser tan especiales y formar parte de la casa del dueño, que los barnizaba y los cuidaba… y no tenían que estar a la intemperie ni soportar el viento, la arena… ¿vas pillándolo?
PERSONA 2: Bueno… sí… más o menos.. jo, es que me cuentas unas historias, que me dan aún más que pensar…
PERSONA 1: Anda déjame seguir…
En el lugar donde los otros árboles murieron, nacieron cuatro árboles magníficos, robustos, aún más bellos que sus antepasados. Por sus venas corría alegre la savia, de sus raíces a sus ramas crecía la vida, y se transformaba en nuevos frutos.
El hombre que cortaba los árboles siguió talando y talando, y siempre nacían nuevos árboles, cada vez más frondosos, pues en su savia corría la vida de los que habían vivido antes que ellos. Y nadie podía detenerla.
Al año siguiente una arboleda grande crecía en aquel lugar: cada semilla de había llegado a ser un árbol, de puntillas hacia el cielo, con las raíces clavadas en tierra para aguantar…
PERSONA 2: ¿Y a ti quién te ha contado este cuento?
PERSONA 1: Mi abuelo
PERSONA 2: ¿El hombre tan sabio que te contó la historia era tu abuelo?
PERSONA 1: Si, mi abuelo es como aquel árbol que sonreía en primavera y en otoño callaba lleno de esperanza. Yo he nacido de su fruto. Las raíces que me sostienen germinaron de su semilla. Ahora soy parte también de todo un bosque de hermanos, porque esa ha sido su herencia y su savia correrá siempre dentro de mí, y algún día dará vida a todos aquéllos que nazcan de mis frutos.
PERSONA 2: Ahora sí que me has roto…